Una imagen, una idea, una forma. Se desfigura con el tiempo. No es la misma siempre. Vive, porque lo hace, pero cambiando. Siempre cambia.
Y parece fácil, pero no lo es. Cambiar no es fácil, duele y mucho. Pero más duele que una imagen cambie y tener que aceptarlo; sin más remedio que entregarse a la cruda decepción de algo que siempre fue sólo eso, una imagen.
La decepción más grande es que esa idea no fue más que una obra tuya, tu creación; y por eso tiene esa connotación, por eso duele.
Sin embargo, como seres bondadosos que somos, comenzamos a emparchar esa imagen, tapando cada hueco que haya, para que no se caiga. Hasta que, los parches inevitablemente se caen, dejando a la luz esos baches que no permiten que la forma permanezca de pie. Y ver, cada uno de eso agujeros, también duele.
Como si fuera poco; para emparcharla, uno debe jugar con uno mismo. Se tiene que mentir un poquito, entrar en caos con si interior, con su instinto, con la verdad. Y luchar contra uno, duele.
El punto es saber distinguir y elegir que dolor vale la pena. Muchos prefieren tener la bala metida en el pecho y que de vez en cuando duela. Yo hoy decido hacer un tajo, sacar la bala y esperar que cicatrice.
Que duela hoy y no mañana.
Perdón. Basta, basta, no quiero poner más excusas. Simplemente perdón, por no hacer lo que sentía, lo que decía mi corazón a gritos y no quise escuchar.
Quiero que vuelva a ser esa tarde de sábado, donde me caractericé de coraje, donde lo único que anhelaba era ver tus ojos un ratito más, en silencio. Cuando moría ante el fascinante movimiento de tus labios, queriendo hacerlos míos por un segundo.
Quiero que sea ese miércoles de tu arduo trabajo, cuando me sentí la persona más importante del mundo.
Quiero que sea ese viernes, cuando vi esa cabellera rubia cruzando el boulevard, mirándome a los ojos, sin yo poder hacer lo mismo de los nervios. Sentí ese bello y sutil beso en la mejilla, tan característico tuyo y me reanimé. Ese viernes quiero que sea, del cual tengo los mejores recuerdos. Esos momentos congelados en el tiempo que no me dejan tranquilo, esa risa colorada delirante de alegría. Ese beso, ese beso bajo el árbol que fue la mayor muestra de cariño que jamas recibí, cual abrazo de un niño efervescente de amor.
Quiero ser quien no te exige nada, solamente que seas vos.
Quiero que seamos ese miedo de que alguien nos vea haciendo lo más hermoso del mundo, el amor, que no tiene nada que ver con sexo, sino de amor y nada más.
Quiero ver la sonrisa de esa señora, que se enamoró de los dos en ese trayecto de subida y bajada.
Quiero cruzar una calle más junto a vos, con el simple objetivo de tener tu mano sobre mi brazo.
Quiero que seamos lo que fuimos, lo que podemos volver a ser, lo simple pero extraordinario, lo imperfecto pero hermoso, lo que viene del corazón.